La relación que llevo con mis padres es seriamente complicada. He recibido múltiples consejos para mejorarla: de amigos, adultos y psicólogos. Cuando hablo o comento algo, se ve cuál es el problema, pero de igual forma es muy difícil de expresar.
Me han dicho que tal vez debería hacerles caso en todo, sin importar cómo me perjudique. También que debería asentir a todo (cosa que hago) y no hacer lo que me afecte. Incluso me han dicho que me alíe con uno para estar en contra del otro (de broma).
Son tantas ideas las que puedo recibir, pero si me pongo a analizar cada una termino descartándolas prácticamente todas. Solo yo conozco a mis padres y sé cómo llevamos nuestra rara convivencia.
A veces siento que no le importo a mi papá. No en el sentido de abandono, sino más bien en las decisiones que tomo. Antes no se metía ni reprochaba; creo que hasta ni siquiera se enteraba.
Con mi mamá es y era diferente. Seguimos manteniendo el mismo patrón. Mayormente las peleas que tengo son con ella, por razones tontas y cosas así. Pero ahora que ya he “crecido”, estoy viendo lo mucho que sufre como mujer, madre y conviviente. Eso también me afecta, porque no sé si me cae bien, si me enoja o si soy yo la egoísta.
Ahora todo ha cambiado. Mi papá parece interesarse más en mi vida y en mis decisiones. No es que me moleste… bueno, sí lo hace, y mucho. Solo forma parte de ellas cuando sabe que puede tener la última palabra. En resumen, cuando me niega algo.
Mi mamá siempre lo hizo, pero era más fácil convencerla o se
guir peleando con ella. En cambio, con él es difícil discutir. Cree tener razón en todo, que cada palabra, por más que no tenga sentido, es la ley.
Lo entiendo: trabaja todo el día y nos mantiene. Todo estaba bien cuando solo venía, cenaba, miraba televisión y a veces gritaba si lo molestábamos. Dejaba, y dejó muy claro a todos, que no lo molestemos cuando llega cansado. Incluso a mis hermanos… y eso es lo que más me duele.
Como todo niño, cuando somos pequeños nuestros padres son el centro del mundo. Para mí también lo fue. Solo pensar en cómo vivía en la pandemia me hace dar cuenta de que no era muy consciente de la situación de peligro que corría mi vida; si hubiera ocurrido otra pandemia, probablemente habría muerto psicológicamente.
Mis papás eran mi todo. No me importaban sus métodos de crianza ni nada de eso. Yo era la primera hija y, como ahora a veces dicen, fui la “prueba” para que con los siguientes no cometieran los mismos errores.
Mi madre es israelita y mi padre católico. Se enamoraron y formaron una familia. Quiero creer que mi mamá sabía lo que hacía al meterse con una familia sumamente católica, sabiendo que la suya era prácticamente lo mismo con el israelismo.
Tal vez mi madre pensó que podía hacer que mi papá dejara esa “falsa” religión y siguiera el camino que Dios manda (según la iglesia israelita), cosa que nunca pasó. Más bien, esa situación la fue deteriorando poco a poco.
La familia de mi papá es demasiado variada, mientras que la de mi mamá es demasiado israelita. Quiero creer que no todos los israelitas son como ellos, pero son tantos de esa parte que a veces parece más una ilusión en mi cabeza.
Los mandamientos que tienen ellos no son tan diferentes a los católicos; varían en ciertas cosas. Por ejemplo, el cuarto mandamiento:
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será de reposo para Jehová tu Dios. No hagas en él obra alguna…”.
Este se refiere al sábado, donde no se trabaja, no se compra, no se sale y prácticamente no se hace ninguna acción.
Mi papá odia ese día. Está bien, cualquiera puede odiar algo en silencio. Otra cosa es que ese día te burles de la madre de tus hijos con tus hijos.
Mi papá hacía y hace eso. Decía cosas hirientes, como “tu mamá es un vampiro, hoy no sale”, o simplemente la insultaba. Yo solo lo escuchaba, pero mi terror empezó a crecer cuando se lo decía a mis hermanos.
¿Qué tienen que ver ellos? Sentía que si esto seguía así, mis hermanos podrían terminar teniendo las mismas ideas que él: criticar a otros por creerse superiores o algo así.
Tenía miedo. Así que un día exploté. Le dije a mi papá, entre gritos y llantos, cuánto odiaba escucharlos decir eso todos y cada uno de los sábados de mi infancia. Le recordé que estaba hablando de mi madre, la mujer con la que decidió hacer su vida, con la que tiene hijos y convive diariamente.
Le dije que no hablara así frente a mis hermanos o lo odiaría toda mi vida, y que si seguía así me mataría. Creo que sí lo asusté, porque por un mes no dijo nada ese día.
Aún puedo recordar que mientras le decía todo eso recordaba cómo mi madre me preguntaba: “¿Qué te dijo tu papá?”. Yo le repetía las estupideces que él decía sobre ese día. También recordaba verla llorar, diciéndome que no le hiciera caso.
No lo entendía muy bien… hasta ese día.
Pero mi papá no parece entender. Pasado un mes volvió con las mismas cosas. Qué horribles personas pueden llegar a ser a veces.
Ahora hago como si nada. No lo miro, pero lo escucho y simplemente me retiro. Cuando dice algo de ese día no puedo evitar fruncir el ceño. Me da tanta rabia… quisiera que dejara de ser tan, tan malo.
Me bauticé a los 8 años. Yo solo creía que existía una religión y que todo el mundo era así. Me bauticé como católica, con dos padrinos que veo una vez al año y ya está.
En realidad eso no me importa mucho. Lo que sí recuerdo muy vividamente es cómo mis papás peleaban por eso. Mi mamá le decía que para tomar esa decisión yo debía ser más consciente y conocer más sobre el tema. Mi papá decía que no importaba y que estaba bien. A eso lo acompañaban una serie de insultos y reproches.
De mi parte, no vi golpes, y la verdad es que no entendía lo que pasaba. Ahora odio fuertemente toda religión.
Mi papá me enseñaba ese tema felizmente, mientras que mi mamá lo hacía sin ganas. No sé por qué ella dejó de pelear por un tiempo. Todo estuvo “bien” durante un tiempo… hasta que nació mi hermano, y entonces volvió la misma pelea. Cómo odiaba eso.
Temía que mi hermano viviera lo mismo que yo.
Algo que noté muy rápido fue que mi hermano era diferente. No me hablaba, no me saludaba, no jugaba conmigo. Pensé que me odiaba. Pero… ¿cómo un bebé podría odiar a alguien?
Sinceramente, casi no tengo recuerdos de mi hermano en nuestra infancia. Era demasiado callado, hasta casi empezar su etapa escolar. Luego ya me hablaba y a veces jugaba conmigo.
No lo veía mucho porque mi mamá salía con él cada mañana al hospital. Cuando iba a entrar a primaria entendí lo que pasaba. Ya sabía por qué no me hablaba o jugaba conmigo.
A mi hermano le negaron la entrada al nivel primaria. Era un tema delicado. Mi papá tuvo que ir con uno de sus amigos directores para hablar sobre sus derechos como estudiante y que lo que estaban haciendo era discriminatorio.
Cuando llegaron a la casa, mi papá fue directo a mi hermano y le dijo emocionado: “¡Ganamos!”. Mi hermano reía emocionado sin entender del todo lo que pasaba. Lo que sí sabía era que habían ganado.
A los días lo llevaron para que tomara un examen y ver su nivel académico. La directora se quedó sin palabras: mi hermano era demasiado inteligente.
Con todos estos problemas, el tema religioso pareció haber desaparecido… o al menos eso creí yo.
Cuando mi hermano y yo íbamos creciendo volvieron los problemas. Creo que esta vez era algo económico. Yo era una niña y podía hacer poco, pero recuerdo que salía afuera de la tienda de mi abuelita y vendía mis juguetes. La única persona que me compraba era mi papá, y algunos vecinos. Al final yo le daba ese dinero. Creía que estaba haciendo algo grandioso.
Para entonces ya tenía otro hermano, el bebé de la casa. Eso no evitó que las peleas continuaran. A veces tenía que llevarme a mi hermano del medio para que no escuchara.
Algo que noté era que, después de las peleas, dejando pasar uno o dos días todo volvía a la normalidad. Cero disculpas, cero reconciliación. Yo pensaba que así se solucionaban las cosas.
Para esa edad empezó lo de los sábados e ir a la iglesia. A veces iba con mi papá a su iglesia y otras con mi mamá. Sinceramente prefería la de mi papá: era un lugar grande y la gente no hacía disturbio.
En la iglesia de mi mamá era diferente. Después del momento de compartir la palabra, almorzábamos. En ese momento los niños se juntaban a jugar afuera. Yo también iba, llevando a mi hermano para que no nos sintiéramos excluidos.
Recuerdo claramente una vez que los niños estaban jugando. Todas las niñas llevaban velo y los niños el cabello largo. No sé si nos veían diferentes por no llevar vestido y velo, y a mi hermano por tener el pelo corto, pero algo tenían contra nosotros, y cariño no era.
Yo estaba atenta y vi venir una roca que me lanzaron ese día. La esquivé rápido e hice una mueca, pero no vi a quién le iba a caer. Le cayó a mi hermano.
Los niños volvieron a la iglesia corriendo y yo fui a auxiliar a mi hermano. Lo cargué y corrí a decirle a mi mamá. Ella se asustó y, de repente, toda la culpa fue para mí por no cuidar a mi hermano.
Los niños no recibieron ningún castigo. Aunque le dije a mi mamá, ella hizo vista gorda y no hizo nada.
Desde ese día nunca más volví a ese lugar. Siempre me negué, y agarraba a mi hermano para que mi mamá no lo llevara. Mi papá parecía satisfecho con eso.
Cuando tenía 13 años todo parecía casi normal. Sí había peleas, pero parecían parte de la rutina. Lo que verdaderamente amaba era que los golpes hacia mí y mi hermano habían disminuido. Yo estaba aliviada, porque él lo había vivido menos tiempo que yo.
Pero no noté que algo cambiaba. Mis papás empezaron a discutir más, hasta que una mañana desperté y en la sala había enormes maletas con mi ropa y la de mis hermanos. Nuestras cosas estaban guardadas en sacos y maletas.
Pensé que iríamos de viaje. Ojalá mi mamá me hubiera dejado esa ilusión, pero no.
Me llevó aparte y me dijo que iríamos a ver a su familia en la selva y que estaríamos allí un tiempo. Le pregunté dónde estaba mi papá. Me dijo que él no iría porque era malo y que ella ya no lo soportaba.
Lo primero que pensé fue “divorcio”. Algo tonto, porque mis papás ni siquiera estaban casados.
Aun así traté de mantener la calma y ayudar a alistar las cosas. Cuando salimos, mi papá parecía asustado. Creo que mi mamá no le había dicho que se iba.
Empezaron a pelear ahí mismo, en la calle. Qué vergüenza.
Cuando nos fuimos lloré todo el trayecto.
Y al llegar y vivir allá fue el momento más horrible de mi vida. No sé cuál sea su concepto de bienvenida, porque cuando llegamos solo nos saludaron y nos trataron como si yo y mis hermanos les debiéramos la vida.
Mis primos eran de lo peor. Recuerdo cómo me juzgaban por todo y molestaban tanto a mí como a mis hermanos.
Mi mamá parecía haber cambiado radicalmente su forma de crianza. Algo que escuché hace años es que los israelitas se basan más en el Antiguo Testamento: un Dios fuerte, padre castigador, que no perdona el pecado.
Todo lo contrario a la imagen del Nuevo Testamento, donde se habla más de un padre que ama al pecador aunque odie el pecado.
Mi mamá volvió a corregirnos con dureza. Yo ya tenía mucho miedo. Solo recordar cómo era cuando era pequeña me daba escalofríos.
Los golpes volvieron y todo parecía ir de mal en peor para mí y mis hermanos. Yo ansiaba nuestro regreso a casa.
Cuando volvimos, las cosas mejoraron por un tiempo. Amaba estar allí otra vez. Sinceramente, ojalá nunca más volver con esa parte de la familia.
Desde entonces pasó mucho, y aún sigo teniendo conflictos con mis padres, tanto por religión como por economía.
Y ya me cansé de escribir byee